Berlín, Alemania
Viktor
Al día siguiente, tenemos la mesa del despacho cubierta de papeles, laptops abiertas y café frío. Son casi las dos de la mañana, pero ninguno de nosotros tiene intención de dormir. No todavía.
Emilia se sienta frente a mí, el rostro iluminado por la luz tenue de la lámpara. Tiene una expresión que reconozco demasiado bien: determinación. Sus ojos se mueven por los documentos como si fueran piezas de un rompecabezas que está armando con meticulosidad quirúrgica. A su lado