Berlín, Alemania
Emilia
La puerta se abre con un golpe torpe. Apenas siento mis piernas, pero de alguna forma avanzo por el pasillo. El sabor del alcohol aún me quema la lengua, como si el whisky fuera lo único que me mantiene despierto, aunque ya no tengo idea si estoy caminando o flotando entre los recuerdos que me atormentan.
Me dejaron en la entrada como un maldito inválido. Henry me miró con lástima, pero no dijo nada. Buena decisión. Porque si lo hubiera hecho, juro por mis padres que le