Grace
Abrí la boca y respiré hondo. Dios mío. Dios mío. Corrí; el corazón me latía como si quisiera salirse del pecho. Entré al ascensor, apreté con fuerza el botón del sexto piso y las puertas se cerraron.
A esas alturas, debía de estar cansada de vivir. No, en serio.
Porque solo alguien harta de la vida se emborracharía, entraría tambaleándose a la empresa de su jefe, lo besaría, se le montaría encima como si fuera su juguete personal, gemiría toda clase de estupideces como una lunática y lueg