Mate.
Ni la brisa gélida de la noche recompone mi cordura. Me quedo ahí, perpleja, con un nudo en la garganta y otro en el corazón.
—Imposible, Sam… ¿quién te dijo eso? —reacciono incrédula, aunque consciente de que sus palabras son verdad.
—Mark. No me lo confirmó, pero cuando llegó me preguntó qué hacíamos allí…
—¿Y qué hacía él? —lo interrumpo.
—Dice que Miranda sabe, de alguna forma, que él es mi hermano. Hace unos meses se conocieron, antes de Marcos… ellos… ellos…
—¡Ay, Sam, dale! —lo apuro, im