Ajusté la correa del portabebés que llevaba sobre mi pecho, sintiendo el calor de Lykan contra mi torso. El cachorro estaba inquieto, sus manitas se aferraban a la tela, sus ojos estaban abiertos y alertas. No lloraba, no gruñía, solo observaba, como si a sus pocos meses de vida ya entendiera que el silencio era un arma.
—Esto es una locura, Alfa —murmuró Marco, ajustando la empuñadura de su cuchillo.
—Kael lo ha ordenado —respondí— y no nos queda opción.
La misión era clara, y cada una de su