La herida en mi costado latía, el dolor era un recordatorio constante de la traición de Kael y de la muerte de los cuatro lobos que no regresarían a casa. Cada punzada era un mensaje: "Confía en nadie, ni siquiera en el lobo que comparte tu techo." Y vaya si lo estaba aprendiendo.
Los días siguientes a mi regreso del infierno en los riscos, dormía con un ojo abierto, con Lykan pegado a mi pecho y mi cuchillo bajo la almohada. Lira, mi loba, estaba en un estado de alerta perpetua, gruñendo ante