El respeto que había ganado en el círculo de Alfas era tan frágil como el hielo invernal. No necesitaba que me lo dijeran; lo sentía en cada mirada que me lanzaban. Eran miradas pesadas, llenas de una mezcla incómoda de admiración y miedo. Algunos me reconocían la fuerza, otros apenas toleraban mi presencia, pero todos tenían algo en común: vigilaban cada uno de mis movimientos como si esperaran el mínimo error para caerme encima.
Yo lo sabía, y ellos también sabían que yo lo sabía.
Yo había de