Tuve que esforzarme para no reírme en su cara. En su lugar, solté un bufido de fastidio.
—Kael, escúchame bien —dije, hablando lento y claro, como si se lo explicara a un cachorro particularmente torpe— el único placer que puedes provocarme es el que sentiré cuando pueda poner mi garra en tu garganta y recordarte cada gota de sangre de mis hombres que mancha tus manos. No me interesan tus cumplidos de pacotilla, ni tus lecciones de alcoba. Eres el medio para un fin: sobrevivir a Darío. Nada más