Capítulo 9. El fruto prohibido
El aire acondicionado del despacho siempre me ha parecido insuficiente cuando Carolina está cerca. El aroma de su perfume, algo cítrico y juvenil, se mezcla con el olor a papel y ambición que impregna mi oficina. Ella es, en todos los sentidos, el fruto más dulce y peligroso que he decidido cosechar. Su padre, mi socio mayoritario, cree que estoy moldeando a la futura líder de la empresa; no sospecha que lo que estoy moldeando, con una paciencia minuciosa, es su voluntad.
Carolina entró y cerró