Capítulo 47. El cerco de la verdad
El correo electrónico había sido enviado y, con él, una parte de mi antigua vida se había desvanecido. No había marcha atrás. La sensación que me invadía al día siguiente no era de miedo, sino de una extraña y gélida lucidez. Ya no era la mujer que esperaba en silencio a que la tormenta pasara; era la arquitecta que había decidido demoler su propia torre para evitar que el enemigo la ocupara.
Víctor mantenía una vigilancia extrema. Desde el amanecer, no se había separado del perímetro exterior,