Capítulo 33. Planos y nuevos comienzos
La casa de descanso de Lucía era, en teoría, un oasis de paz absoluta, pero para mí, durante esos primeros días, no fue más que una jaula dorada frente al mar. El aire salino, la humedad pesada de la costa y el sonido constante y rítmico de las olas, que a cualquier otra persona le habrían parecido un regalo del cielo, a mí me resultaban ajenos. Cada vez que miraba por la ventana hacia el horizonte infinito, no veía libertad; solo alcanzaba a vislumbrar la inmensa distancia que me separaba de l