Capítulo 28. El peso de las apariencias
La calma que había sentido al salir del despacho de Martínez se disipó apenas puse un pie en casa. El silencio habitual del recibidor fue reemplazado por un eco estridente; el teléfono sobre la mesa de la entrada no dejaba de vibrar, una letanía de llamadas perdidas que parecían reclamar mi atención como buitres sobre una presa. Cuando finalmente me atreví a mirar la pantalla, los nombres que aparecían eran una muestra de la red que Federico había tejido a nuestro alrededor: socios, amigos comu