Capítulo 18. El castillo de naipes
El jueves amaneció con una intensidad que me oprimía el pecho. Desde que puse un pie fuera de la cama, sentí que el aire era más denso, como si anunciara la tormenta sobre mi cabeza. Al llegar a la constructora, el ambiente era asfixiante. El murmullo de la recepción se apagó cuando pasé y las miradas de los empleados me parecían juzgarme, como si supieran que el gran Federico Lara estaba a punto de tambalearse. Pasé de largo hacia mi despacho, pero antes de que pudiera cerrar la puerta, Caroli