Dante se recostó contra el cabecero, con el brazo herido vendado y una expresión cansada en su rostro. Margaret lo miraba desde el suelo alfombrado donde se había arrodillado al terminar de limpiarle la herida. Su mente estaba nublada por la fiebre leve que sentía, y su cuerpo, aunque dolido, aún ardía de deseo por esa omega que no salía de su mente. Esa que lo acababa de salvar.
—Ven aquí… —ordenó, pero su voz sonó más suave de lo usual.
Ella se levantó y él la tomó de la mano, guiándola a su