Dante no quiso discutir mas al ver lo reacia que estaba.
Ella lo miró con un odio que le quemaba las venas. Dante se enderezó, salió de la habitación y giró la llave por fuera trancandola con seguro.
En el pasillo, el eco de sus pasos se mezcló con otro sonido: el taconeo firme de su madre.
—Dante —lo llamó, con tono inquisitivo—. ¿Qué está pasando? La servidumbre y tu hermano me ha dicho algo… sobre tu asistente intentando matarte.
Él se detuvo, girándose hacia ella con gesto contenido.
—No es