Las horas pasaban como un suero de miel de abejas.
La puerta del salón se abrió y apareció el doctor, acompañado de dos asistentes con maletines. El médico, un hombre de cabello entrecano y ojos inquisitivos, inclinó ligeramente la cabeza hacia Dante.
—Me dijeron que debía traer todo el equipo. ¿Dónde está la paciente?
—Gracias por venir tan pronto doctor Cedaño.
Dante hizo un gesto seco con la mano mostrandole el camino. Al abrirse la puerta, Margaret levantó la mirada. Sus muñecas seguían at