Damián Feldman
—Señor… señor Feldman.
Abrí los ojos con lentitud. Sentí el peso cálido de la cabeza de Amelie recostada sobre mi hombro. Al percatarse, se sobresaltó y se incorporó enseguida, estaba sonrojada.
—Señor, su padre ya salió de cirugía. Está consciente y quiere hablar con usted.
La enfermera me despertó con voz suave. Miré el reloj, ya pasaban las dos de la madrugada. Desvié la vista hacia Amelie y fruncí el ceño, fingiendo enfado, aunque en el fondo no sentía nada parecido.
—Voy co