El estruendo del disparo sacudió la habitación, haciendo eco en las paredes como un rugido ensordecedor. Sarah ahogó un grito desgarrador, llevándose las manos al vientre, mientras David, paralizado en el suelo, abrió los ojos de golpe, sintiendo el corazón a punto de estallar.
Pero no hubo impacto. No hubo dolor.
El disparo se había perdido en el techo.
El conde entró en la habitación como un torbellino, su rostro era una mezcla de furia y urgencia.
—¡Blake! —bramó.
Blake apenas reac