Punto de vista de Lila
Me desperté con olor a lejía y el pitido constante de una máquina junto a la cama.
La boca me sabía a metal. La piel me ardía, como si me hubieran arrastrado por grava. Todo dolía, pero de forma sorda, lejana, como si el dolor fuera de otra persona y yo solo lo tuviera prestado un rato. El techo era blanco. Demasiado blanco. Ese blanco vacío que no guarda calor, ni suavidad, ni sitio para mí.
Lo miré fijo hasta que las baldosas se fundieron en un mosaico de nada.
Entró