La llovizna que resbalaba por el cuello de mi abrigo ya no alcanzaba para justificar el escalofrío que me recorría la espalda. Apenas doblé la esquina y vi mi casa a lo lejos, supe — antes de ver cualquier cosa — que algo andaba mal. El cielo parecía más oscuro justo ahí, como si la tormenta se cerniera solo sobre mi techo.
Y entonces lo vi.
Gabriel estaba sentado en las escaleras de la entrada, encorvado como si todo el peso del mundo se le hubiera caído encima. Mi corazón se me aceleró, un go