La puerta chirrió al abrirse, y fui recibida por la oscuridad densa de mi sala. Las cortinas gruesas cubrían las ventanas, bloqueando la luz pálida que el cielo intentaba forzar a través de las nubes cargadas de lluvia. El olor a encierro me golpeó junto con la humedad del ambiente. Solté un suspiro, dejé el bolso sobre el sofá y pasé la mano por mi cabello, aún húmedo de hace unas horas.
Encendí la luz y, en ese instante, escuché el suave sonido de patitas corriendo sobre el piso de madera. El