La puerta del hospital se abrió con un chasquido frío de metal y vidrio. El aire acondicionado me golpeó como un puñetazo helado en la cara, pero ni siquiera parpadeé. Mis pasos resonaban débiles por los pasillos demasiado blancos, demasiado limpios, como si ese lugar hubiera sido diseñado para borrar cualquier rastro de sangre, desesperación o recuerdo. Pero no funcionaba. La imagen de Gabriel, cubierto de heridas, siendo llevado en la camilla, seguía pegada a mi retina como una película que n