Genial, Sofía… ahora sí que estás en problemas.
Sofía
Terminamos de almorzar, y sentí que el estómago me iba a explotar. No es que comiera demasiado, pero después de los sustos, gallinas fugitivas y seminaristas desnudos que había tenido esta semana, mi cuerpo pedía alimento como un coche pide gasolina.
Mientras recogíamos los platos, la madre superiora se levantó con su porte elegante y sereno, alzó una mano y dijo con su voz firme:
—Hermanas, hoy pueden ir a las aldeas cercanas. Ayuden a los enfermos y repartan los alimentos como siempre.