Fernando
Me encontraba sentado en la capilla, con la mirada fija en la cruz de madera sobre el altar. Había pasado toda la noche orando, intentando calmar la tormenta que rugía dentro de mí desde aquel beso con Sofía. Sentía mis labios quemar todavía, como si el fuego de su piel me hubiera marcado un estigma eterno. Cada vez que cerraba los ojos, la veía. Su sonrisa tímida, sus lágrimas, su fuerza, su voz quebrada susurrando mi nombre.
“Dios… ¿qué quieres de mí?” pregunté en silencio. Pero el