La suite lucía como una escena disimulada. Sean cerró la puerta con firmeza, luego dejó su blazer sobre el respaldo del sillón y se pasó las manos por el rostro. Su cuerpo aún estaba tenso, la piel caliente, el estómago agitado. No por deseo. Por culpa.
Comenzó a recoger los rastros de lo que acababa de ocurrir. Enderezó la colcha, giró el cojín desalineado. Reacomodó la lámpara. Se detuvo un segundo al ver la bata blanca doblada de forma descuidada sobre la silla. La misma que Catalina llevab