La cena terminó con un silencio incómodo.
Sean había terminado su plato. Julie, en cambio, dejó la mitad intacta. No era falta de hambre. Era el nudo en el estómago. El beso frustrado, la interrupción de Catalina, la tensión que ya no sabía cómo manejar.
Cuando el camarero retiró los platos y Sean pagó con una breve sonrisa, Julie se incorporó con suavidad.
—Creo que necesito caminar un poco —murmuró.
—¿Sola?
Julie asintió.
—Sí. Necesito... aire fresco. De verdad.
Sean no insistió. Le ofreció s