El hospital privado en Manhattan tenía paredes blancas, luces suaves, y ese aroma clínico que no logra disfrazar la tensión en el aire.
Sean caminaba de un lado a otro frente al área de urgencias, con la chaqueta entre las manos y el rostro marcado por más que preocupación.
Luca estaba sentado, revisando su teléfono sin mirar realmente la pantalla.
Ambos habían llegado en menos de diez minutos.
Pero el tiempo, desde entonces, parecía haberse detenido.
Una enfermera los había recib