Julie flotaba con los brazos abiertos en la alberca, la espalda relajada y la mirada clavada en el techo, que reflejaba parte de la luz natural. Sean, desde el otro extremo, nadaba a su ritmo, sin prisa, con el tipo de calma que se aprende solo después de tener demasiados cosas por controlar.
—¿Sabes qué pensé esta mañana? —dijo Julie, girando el rostro hacia él.
—Si es sobre trabajo, el agua va a protestar.
—No.
Pensé que no sé ser paciente.
Siento que cada descanso me atrasa.
Y