Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Cassandra
Tenía la cabeza hecha un puto caos y ya no razonaba, pero ¿qué más daba?
Sus labios eran puro veneno y yo me estaba envenenando a gusto. Sabía que no debía besarlo, pero no podía parar.
Me agarró la cintura con fuerza y yo me aferré a su camisa, metiendo más lengua, mordiéndole el labio de abajo hasta que los dos gemimos dentro de la boca del otro.
Nos estábamos devorando. Se me escapó un jadeo cuando me apretó el culo; ni me di cuenta de cuándo sus dedos se colaron bajo la falda y llegaron al borde de mis bragas. Me encendió algo que no tenía nombre.
Separó nuestras bocas solo para morder justo debajo de mi oreja. Un escalofrío me recorrió la columna.
—Cuidado con el fuego, que te puedes quemar —susurró con esa voz ronca que me puso la piel de gallina.
Me entró por un oído y me salió por el otro. Me puse de puntillas y le mordí el labio otra vez.
—Menos hablar y más acción, maridito. ¿O ahora el gallina eres tú?
Arqueó una ceja y algo oscuro le cruzó los ojos. Las piernas casi me fallan. Un gruñido bajo salió de su garganta y, de repente, me tenía de espaldas contra la pared fría.
Un tío el doble de grande que yo cerniéndose encima.
—Tú sí que sabes cómo provocarme —dijo con esa voz peligrosa y adictiva.
Y ya está. El resto de la noche se volvió puro fuego, sus labios por mi cuello, sus manos donde no debían, el sabor a alcohol en la lengua… hasta que todo se volvió negro.
*******
Desperté con un pitido insoportable taladrándome el cerebro.
Abrí los ojos y los cerré de golpe. Demasiada luz. ¿Por qué coño estaban todas las cortinas abiertas?
Gruñí y me giré hacia el otro lado. Volví a abrirlos… y me quedé en blanco.
Me incorporé de golpe; un martillo me golpeó la sien y el mundo dio una vuelta completa.
—¡Joder! —siseé, agarrándome la cabeza.
¿Dónde narices estaba?
El sitio era un ático de lujo que no había visto en mi vida. Me levanté como un resorte, ignorando que me temblaban las piernas y que me dolía todo.
Corrí hasta el espejo y casi me muero: llevaba puesta una camiseta negra enorme de hombre, oliendo a ese perfume masculino que me volvía loca. El cuello abierto dejaba ver un mapa de chupetones por todo el pecho y el cuello.
«¡La has cagado pero bien, Cassandra! Otra metedura de pata que no puedes arreglar.»
Se me llenaron los ojos de lágrimas que no llegaron a caer. Por suerte mi ropa estaba doblada y planchada en una mesita (limpia, obviamente). No necesitaba que me contaran la peli, solo quería largarme YA.
Se oía la ducha. M****a, todavía estaba aquí. Ni siquiera recordaba su cara, solo flashes borrosos hasta que le pedí matrimonio como una idiota.
Agarré el bolso, el móvil y salí descalza corriendo, dejando la tiara tirada.
Milagro que las piernas me aguantaran hasta el ascensor. Me dejé caer al suelo, jadeando, ya temiendo la resaca del siglo.
Minutos después salí del edificio como alma que lleva el diablo, ignorando las miradas. Paré un taxi y me metí dentro. Escapada conseguida… o eso creí.
*******
Todo el camino a casa me contuve las ganas de llorar. ¿Qué coño había hecho? Aunque Sinclair fuera un hijo de puta infiel, yo no tenía que bajar a su nivel.
Cassandra Sterling, la sosa y estudiosa hija de los Sterling, se había liado con un gigoló desconocido la víspera de su boda.
—Estoy muerta —murmuré. El taxista me miró raro por el retrovisor. Cerré la boca y me hundí en el asiento.
¿Y si no usó condón? ¿Y si me quedo embarazada o pillo algo? ¿Valió la pena?
Llegamos a la villa. A través del cristal vi a Aurelia esperándome en la puerta, cruzada de brazos. Se me revolvió el estómago.
Bajé del taxi y ella me miró con desprecio.
—La zorra por fin aparece —soltó.
Fruncí el ceño. ¿Desde cuándo hablaba así? Me acordé de todo: mi hermana, mi única hermana, liada con mi prometido. Apreté los puños y entré detrás de ella sin decir ni mu.
Desde el hall se oían voces y algún sollozo. Normal. Entré al salón y me recibieron con miradas asesinas: mis padres, Aurelia, el cabrón infiel y sus padres, todos sentados como si yo fuera el monstruo.
Mi madre fue la primera en romper a llorar.
—¿Dónde has estado, Cassandra Angelina Sterling?
Madre mía, nombre completo. Mal asunto.
Antes de que pudiera abrir la boca, la madre de Sinclair me soltó una hostia que me dejó la cara ladeada. Por puro reflejo le devolví el tortazo.
—¡¿Cómo te atreves a manchar el apellido Von Duvall, puta de m****a?!
Mi mano ya le había cruzado la cara.
—¡¡Cassandra!! —bramó mi padre.
Sinclair la sujetó antes de que se cayera.
—¿Qué coño te crees que haces, Cassie? Te pasas la noche de putas y encima le pegas a mi madre —me soltó él.
Parpadeé, alucinando. ¿Cómo coño lo sabían?
—No pongas esa cara de sorpresa, hermanita. Todo el mundo ha visto lo de anoche. Estás trending —dijo Aurelia con una sonrisita, enseñándome un TikTok: una tía (yo, claramente) bailando como loca con un tío en sombra. Súper conveniente que su cara no se viera.
Genial.
Me reí, histérica. Todos se quedaron de piedra.
—¿Zorra? —repetí con una risa amarga—. Qué gracioso, viniendo de la que abre las piernas para mi prometido. El cazo llamando negra a la olla.
Silencio total.
Sinclair me agarró mi mano temblando.
—Estás perdiendo la cabeza, Cassie. Hoy es nuestro día de boda, joder.
Le miré sin inmutarme.
—¿Se te olvidó mientras le comías la boca a Aurelia anoche?
El salón se quedó en silencio sepulcral. Él abrió los ojos como platos.
—Estás fatal. Como has destrozado tu reputación ahora quieres arrastrarme a mí —intervino Aurelia.
La ignoré. Me dolía la cabeza demasiado para su m****a. Miré a Sinclair fijamente.
—Suelta.
No reaccionó. Le arranqué la mano de un tirón.
—Hazme un favor y desaparece de mi vista —le escupí, y subí las escaleras corriendo, sabiendo que me seguiría.
—¡Cassie, para! Sé que estabas borracha, te perdono si pides perdón! —siguió con el teatro.
Entré al vestidor nupcial y cerré de un portazo. Él abrió enseguida, con cara de perro apaleado.
—Vamos, nena… ¿qué pasó? Dime qué hice mal y lo arreglamos. Sabes que te quiero, haría cualquier cosa por ti…
Lo miré como si no lo conociera.
—¿Incluido tirarte a mi hermana a escondidas?
Apretó la mandíbula.
—Te lo estás inventando. ¿Aurelia? Es tu hermana, jamás…
—Cállate la puta boca —le corté. Agarré una botella de whisky y me planté delante de mi vestido de novia de diseñador.
—¡Tú eres el puto problema! —grité, y le vacié la botella encima del vestido.
Antes de que reaccionara saqué el mechero viejo de Sinclair (el que siempre llevaba encima) y lo tiré encima.
El vestido prendió al instante.
La puerta se abrió de golpe y entraron todos corriendo.
—¡¿Qué te pasa, Cassandra?! —chilló mi madre.
Los miré con los ojos inyectados en sangre. Sinclair estaba blanco como el papel.
—La boda se cancela.







