Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Alaric
—Me llamo Cassandra, no «señorita futura novia» —dijo, y se bebió lo que le quedaba del mai tai de un solo trago valiente.
Tuve que apretar los dientes para no reírme en su cara.
¿De dónde había salido esta valiente mini-novia?
Golpeó la copa contra la barra y me lanzó una sonrisa desafiante, como si acabarse la bebida fuera una medalla olímpica.
—¿Quién es la gallina ahora? —me soltó, haciéndose la dura, aunque le temblaban un poquito las manos y los ojos los tenía perdidos, casi rotos.
No era para tanto, pero era un avance brutal. Yo no suelo meterme en la vida de nadie (soy el tío más egoísta que conozco), pero tampoco todos los viernes te tropiezas con una novia a punto de casarse que parece que la banda y la corona le pesan una tonelada.
Seguro que tenía la despedida de soltera abajo, y lo más lógico habría sido mandarla de vuelta con sus amigas… pero hoy tampoco yo tenía ganas de estar solo.
—Definitivamente no Cassandra —contesté siguiéndole el rollo, y le hice un gesto al camarero para que trajera otra copa.
El pobre casi se atraganta intentando no reírse. No todos los días veía al dueño del local aparecer con una tía en brazos.
Cassandra parpadeó, medio ida, cuando vio la segunda copa.
—Pensé que solo era una… —murmuró con puchero.
Di un sorbo lento; el dulzor de arriba se rompía con el golpe seco del ron que me despejaba la cabeza.
—Pero si recién estamos calentando. La noche es joven, preciosa.
Ella me miraba fijo. Cuando la pillé, apartó la vista rápido, como si le quemara sostenerla.
Me quedé mirándole el perfil: las pestañas largas peleando contra las lágrimas, los labios rosas haciendo puchero… La frente arruga entre las cejas, como si la copa fuera veneno. Esa inocencia era lo más sexy que había visto en mucho tiempo.
—No se me da bien aguantar el alcohol —confesó al fin.
Suspiré con cara de decepción.
—Qué pena… gastarte una fortuna en un gigoló tan guapo y desperdiciar la noche.
El camarero tosió y se puso rojo como un tomate.
Cassandra abrió mucho los ojos, procesando. Luego sonrió, de esas sonrisas que te desarman.
—Tienes razón. No pienso desperdiciar la oportunidad. Además, es mi despedida de soltera —declaró, agarró la copa y se la bebió de un tirón.
Abrí la boca para decirle que no se la tomara así… y la cerré. Qué coño, que se divierta.
Yo todavía iba por el primero y ella ya iba por el tercero. Golpeó la copa vacía contra la barra, los ojos ya vidriosos, la valentía disparada.
—¿Y ahora qué? —me preguntó con cara de niña esperando regalos.
Terminé mi mai tai.
—¿Te atreves con chupitos?
No contestó con palabras; solo sonrió como si el mundo fuera suyo.
La noche acababa de empezar de verdad.
El camarero empezó a poner chupitos en fila. Cassandra, ya sin miedo, se los fue cascando uno tras otro como si fuera zumo de piña.
Las manos dejaron de temblarle, las risas más altas, como si solo existiéramos nosotros dos.
—¡No me lo puedo creer! —se partía con cualquier chorrada que yo soltara para animarla.
Nunca pensé que alguien así pudiera tener tanta cara. Había algo en su risa que hacía que todo pareciera más ligero. No era de las que te sueltan su vida cuando van pedo; no. Cassandra simplemente olvidaba el drama mientras el alcohol le hacía efecto.
—¿De verdad me has timado toda la pasta? —le pregunté dejando el vasito.
Puso morritos y agitó la mano.
—Me da igual el dinero. Quédate con todo.
Empezó a cantar (mal) «Did It First» de Ice Spice. Se subió al taburete, luego al suelo, bailando y gritando la letra a pleno pulmón.
La gente de alrededor la miraba entre risa y sorpresa. Esto no era la pista de abajo y aquí no se baila… pero ¿quién coño iba a decirle algo al dueño?
Siguió girando, riendo entre verso y verso. Ni me di cuenta de que se me había escapado una sonrisa hasta que vino corriendo, me agarró de la camisa y me sacó del asiento.
—¡Tú no te vas a quedar ahí mirando, ¿no?! —me arrastró al centro.
Arqueé una ceja. Las risas de los demás subieron de volumen. Se quitó la banda de «Futura Novia», la tiró al suelo y me agarró del cuello de la camisa hasta ponerme a su altura.
—Baila, guapo. Te he pagado, así que si me pongo a correr desnuda tú corres detrás. ¿Entendido?
Alguien se había convertido en jefa absoluta.
—Sí, señora. Tus órdenes son órdenes —contesté conteniendo la risa.
Menos mal que tengo dos pies izquierdos menos.
Canción tras canción se iba soltando más. Tuve que hacer una seña a los de seguridad para que despejaran la planta y nos dejaran solos.
Ahora el suelo era suyo. Empezó una lenta y ella seguía con la misma energía. Me puso mi mano en su cintura (tan fina que parecía que se iba a romper). Dudé un segundo; no quería acercarme demasiado, no fuera a perder el control.
Ella ni se enteró y se pegó a mí. Sus pechos contra mi pecho. Su voz bajita y juguetona en mi oído:
—¿Ahora quién es el gallina?
Joder. No tenía ni idea del incendio que estaba provocando ni de lo bien que olía.
Seguí sonriendo, aunque ya notaba el tirón en los pantalones. Yo solito me había cavado la tumba.
Se rió otra vez… hasta que notó mi erección y, en vez de asustarse, le hizo aún más gracia.
Mis labios solo pudieron temblar.
De pronto la risa se le cortó. Apartó la mirada y escondió la cara en mi camisa. El dolor le tembló en todo el cuerpo. Se me apretó el pecho; la abracé más fuerte, queriendo protegerla aunque fuera un rato.
Agarró mi camisa con sus manitas, la cara hundida en la tela oscura. Seguimos bailando, pero ya en modo triste. Ya no reía; ahora eran pequeños sollozos que me partían el alma.
No paró de moverse ni de llorar. Cada hipido era un puñetazo. No tenía palabras, así que solo la dejé llorar.
Se removió, levantó la cabeza con esos ojazos llenos de lágrimas que casi me hacen flaquear.
Se mordió el labio inferior.
—¿Tan aburrida soy que nadie querría casarse conmigo de verdad?
No era una pregunta al aire. Parecía que su mundo dependía de mi respuesta.
Negué con la cabeza y bajé hasta casi rozarle los labios.
—Eres muchas cosas, pero aburrida no. Cualquier tío estaría de rodillas por tenerte.
Sus ojos brillaron.
—¿De verdad? —chilló emocionada.
Asentí sin pensar. De un salto me agarró del cuello, me empujó contra la pared más cercana y pegó su frente a la mía.
—Entonces dame tu apellido… o mejor, quédate con el mío. ¿Quieres ser el afortunado?
Estaba borrachísima y diciendo locuras, pero joder, qué bien sonaba.
Me reí, ya sin poder contenerme. ¿Se podía ser más directa?
Le sequé las lágrimas con los pulgares y le cogí la cara entre las manos.
—Si tanto te gusta mi apellido…
Sonrió, y hasta llorando estaba preciosa.
—Ahora no te rajes, maridito. Acabas de ganar esposa.
Estaba todavía flipando con lo bien que sonaba «maridito» en su boca cuando algo suave y caliente chocó contra mis labios y me voló la cabeza.
No fue un beso suave. Fue feroz, hambriento, como si quisiera comerme entero. Me agarró del pelo y me acercó más.
A la m****a todo.
Acababa de encontrar mi nueva adicción y no pensaba soltarla nunca.







