Mundo ficciónIniciar sesiónPunto de vista de Cassandra
—La boda se cancela —dije mientras el vestido ardía a mi lado como si fuera mi antigua vida entera.
Mi madre chilló histérica ordenando a las criadas que trajeran extintores. El vestidor se convirtió en un circo. Aproveché el caos, salí por patas y me encerré en mi cuarto.
Me tiré en la cama y cogí el móvil para escribirle a Becky. Tenía mil mensajes suyos preocupadísimos desde que desaparecí anoche.
Estaba tan agotada que lo tiré a un lado. Jamás pensé que llegaría este día. Toda mi vida giraba alrededor de casarme con Sinclair. Nos conocíamos desde el instituto, nos comprometimos en primero de carrera… La boda llevaba años planeada. Hasta el vestido que acababa de quemar lo habían hecho a medida para mí.
—No llores, Cassie. No se lo merece —me repetí en voz baja.
La puerta se abrió de golpe. Ni miré.
—Ya está bien de tonterías, Cassie —la voz de Sinclair sonó como uñas en una pizarra. Tiró al suelo los restos chamuscados del vestido—. No pienso seguir aguantando esto.
No lo miré.
—No tienes por qué. Cásate con Aurelia y así no tendrás que obligarte a follarte a alguien que te repugna.
El muy idiota no se fue. Se acercó a la cama e intentó agarrarme la mano. Me aparté como si quemara.
—¿Por qué coño haces esto? —casi gritó.
Resoplé, cruzándome de brazos.
—No soy tan cobarde como creías. A partir de hoy la boda está cancelada y tú y yo somos dos desconocidos. Por si no te quedó claro antes.
—¡¡CASSANDRA!! —el bramido de mi padre retumbó por el pasillo.
Sinclair apretó los puños, los ojos echando chispas.
—Como quieras. Un día te vas a arrepentir —soltó, y salió dando un portazo de pura humillación.
En la puerta chocó con mi padre.
—¿Qué coño te pasa? ¿Te has vuelto loca? ¿Estás colocada o qué?
—Pregúntale mejor a tu hija perfecta, Aurelia, que se estaba tirando a Sinclair —contesté sin levantar la vista del móvil.
Mi padre llegó hasta la cama como un huracán.
—Aurelia jamás haría algo así.
Yo mismo no me lo habría creído si no lo hubiera visto con mis propios ojos.
—Cree lo que te dé la gana. Con Sinclair he terminado.
Nos miramos a los ojos. Nadie cedía.
—Perfecto. Pues que sepas que si rompes este compromiso, en esta familia no hay sitio para ti —dijo mi propio padre.
Se me partió algo por dentro.
—Papá…
—Tenemos inversiones millonarias con los Von Duvall. No podemos permitirnos cabrearles.
Elegía el dinero antes que a su hija. Qué sorpresa.
—Genial. Pues esta familia ya no me quiere —murmuré.
Delante de él metí cuatro cosas en una maleta. Ni me detuvo.
—Adiós, papá.
Nos miramos un segundo más. Tragué saliva y salí.
—¡Cassandra, hija, ¿adónde vas?! —oí gritar a mi madre desde el pasillo.
Ni contesté. Bajé las escaleras, ignoré sus súplicas y me largué en un taxi. Mi padre ni siquiera salió a pedirme que me quedara. Lloré todo el camino.
**********
Semanas después
El timbre sonó. Yo estaba en la puerta de casa de Rebecca, moqueando, luchando por no llorar. Abrió y se quedó blanca al verme con la maleta.
—Cassie… —susurró. Vio el vestido de dama de honor que llevaba puesto y se le rompió la cara.
—Rebecca… —sollocé. Me abrazó fuerte.
—Todo va a ir bien —me dijo.
Y me derrumbé.
—No hay boda. Odio a ese hijo de puta —lloré en sus brazos.
Desde entonces no he salido del piso de Rebecca. Me acogió cuando mi vida se fue a la m****a. Todavía no le he contado toda la verdad de aquella noche; no quiero revivirlo. Ella lo entiende y no me presiona.
Por primera vez en semanas empezaba a respirar otra vez, así que decidí mirar los correos viejos. Me acurruqué bajo una manta con la tele de fondo… y entonces lo vi uno que me dejó helada.
«Registro matrimonial». Lo abrí y casi me da un infarto.
—¡¿QUÉ COÑO?! —grité tan fuerte que casi me quedo sin voz.
¿Quién narices era Alaric Von Duvall? ¿Por qué mi «gigoló» tenía el mismo apellido que Sinclair?
Pensaba que mi vida podía volver a la normalidad… y va el destino y me suelta otro hostiazo.
**********
Entré en el hotel de cinco estrellas con cara de «¿esto es broma?». ¿Por qué me citaba aquí? Me acordé de que estaba casada con un puto gigoló y se me puso cara de limón.
Le mandé un W******p diciendo que ya había llegado. Él contestó rápido:
Alaric: Ahora mismo baja alguien a por ti.
Y apareció un tío de traje impecable.
—¿Señora Von Duvall? —me soltó.
Fruncí el ceño.
—Perdona, ¿qué?
—Disculpe, señora Cassandra. El señor Alaric la espera.
Me sonó rarísimo, pero lo seguí. Subimos en ascensor. El tío no paraba de mirarme de reojo.
Llegamos arriba y… música clásica a todo volumen. ¿Una fiesta?
Salimos del ascensor y el hombre abrió unas puertas enormes. Me cegaron las luces y casi me caigo de espaldas: un salón lleno de gente de la alta sociedad que conozco de vista.
¿Cómo coño había entrado Alaric en este círculo? ¿Estaba liado con alguna rica?
Estaba flipando con la lámpara de cristales cuando una voz que odio me taladró los oídos:
—Mira quién salió al fin de su cueva. Mi querida hermana Cassandra.
Aurelia. Vestida como una princesa, claro. Yo parecía una mendiga al lado.
—Aurelia —dije entre dientes, apretando el bolso.
Y entonces apareció él.
—¿Cassandra? ¿Qué haces aquí? —Sinclair, con la misma cara de víctima de siempre.
—Podemos hablar, por favor… —suplicó, acercándose como si fuera a mí me importara su dolor.
Antes de que me tocara, un brazo se interpuso.
—Evite tocar a una mujer casada. Sobre todo si es mi esposa —dijo una voz fría y peligrosa.
Levanté la vista y ahí estaba él. Esos ojos negros sin fondo que recordaba perfectamente.
—Alaric… —susurré. ¿Siempre había sido tan jodidamente atractivo?
—Hola, Cassandra. Cuánto tiempo —sonrió suave, me rodeó la cintura y me pegó a su cuerpo como si fuera lo más normal del mundo.
Sinclair se quedó tieso.
Alaric me llevó al centro del salón, alzó su copa y todo el mundo calló.
—Gracias por venir esta noche. Señoras y señores, hoy celebramos algo muy especial —dijo mirándome con una sonrisa que me derritió—. Les presento a mi esposa, Cassandra Von Duvall, la nueva señora de la familia Von Duvall.
El corazón se me salió por la boca. Todos me miraban. ¿Qué coño estaba pasando?
Sinclair dio un paso, me agarró del brazo como un loco.
—¿Qué significa «tu esposa»? ¡No puedes casarte con mi prometida, tío! ¡Cassandra es mía!
¿Tío?
¿TÍO?
Me quedé muerta.







