Capítulo 24.
El coche que había sido conducido por el mismo Lysander en persona, frenó por completo frente al hermoso portón dorado de la mansión Scott.
Él bajó, rodeó el capó de la camioneta y abrió la puerta de Evangeline con un tirón violento y de mala manera.
—¡Fuera!—, ordenó Lysander, como si estuviera dándole órdenes a una perra.
Evangeline no obedeció. Solamente se quedó allí sentada y con los brazos cruzados.
—¡Baja de una maldita vez, Sarah!—, gritó Lysander, en forma de reclamo—, ¡No tengo todo el día!—, exclamó.
Evangeline bajó de la camioneta, pero no se movió. Se quedó allí parada con los brazos cruzados.
—No voy a entrar en esa casa como una prisionera, Lysander. Y mucho menos después de toda la humillación que me hicieron pasar la última vez—, añadió.
—Vas a entrar como lo eres: mi propiedad...—, indicó.
Lysander tomó el antebrazo de Evangeline y la empezó a apretar con fuerza.
—¿Qué haces? ¡Me estás lastimando!—, reclamó.
—Cállate y camina... andando...
La arrastró por tod