La tensión en la mansión Blackwood era asfixiante. Los ojos de Amadeus ardían con una furia contenida mientras su cuerpo entero irradiaba dominio y peligro. Pero Nathaniel no retrocedió. Mantuvo su postura relajada, con esa sonrisa ladina que solo servía para avivar la rabia del Alpha de los Blackwood.
Elena, atrapada entre ambas fuerzas, sintió cómo su corazón latía con fuerza descontrolada. No podía negar que las palabras de Nathaniel la estremecían, porque en el fondo, él tenía razón. No er