La sangre en mi brazo había sido real, pero el miedo que me estremecía por dentro ahora mismo era mucho más profundo que cualquier corte.
Volví al hospital con las manos temblando, sintiendo que cada paso me alejaba de la mujer que alguna vez fui. Allí me esperaban Killiam, con el ceño fruncido, y Damon, de pie, recargado contra la pared, sus ojos fijos en los míos como si pudiera leerme el alma.
—¿Dónde demonios estabas? —preguntó Killiam, pero fue Damon quien dio un paso al frente, sin decir