Todo empezó con el eco de las armas cargándose al unísono.
Damon me empujó detrás de él, con esa furia protectora que le ardía en los ojos cuando sentía que alguien me amenazaba. Tres hombres, vestidos de negro, armados hasta los dientes. Uno de ellos llevaba un dispositivo en la mano. Un detonador. No había duda.
—¿Quiénes son? —pregunté en un susurro, mi voz temblando más por el pánico que por la rabia.
—Trabajan para alguien que quiere verme muerto —murmuró Damon, sin girarse a verme—. Pero