El día comenzó con una tensión rara, como casi todos los días en esta casa. Damon andaba más callado que de costumbre, encerrado en sus pensamientos. Y Camille… bueno, esa perra seguía flotando por la casa como si fuera la dueña de todo.
Hasta que no lo soporté más.
Pasé por el jardín rumbo a la terraza cuando escuché su voz. Alta, clara, tan descarada como su escote.
—No sé qué le ve a ella —decía Camille, hablando con otra sirvienta mientras se pintaba las uñas—. Yo sí sabría cómo hacer que s