No importa cuánto trate de disimularlo, estoy tensa. Y ella lo nota.
Un escalofrío me recorre la espalda cada vez que pienso en aquella imagen en mi mente. Pero quizás estoy exagerando, creyendo en algo que ni siquiera es cierto.
—Eso no puede ser verdad —digo finalmente, esforzándome por sonar firme.
Viviana suelta una carcajada elegante antes de sacar algo de su bolso: una vieja fotografía. La desliza por la mesa con una lentitud calculada.
Mis ojos caen sobre la imagen. Un niño de no más de