—Por esa razón no me iré —sentencié, apretando los puños.
Adrik giró la cabeza tan rápido que escuché su cuello crujir. Mantuvo el contacto visual conmigo más tiempo del que cualquier conductor cuerdo consideraría seguro a ciento cuarenta kilómetros por hora. El velocímetro seguía subiendo, pero a él no parecía importarle.
—Ojos en la carretera —mascullé, agarrándome del tablero—. Creo que no sobreviviría a otro accidente este mes.
—¿Crees? ¿Te gustaría comprobarlo? —aceleró aún más, manteni