Estaba ahí, el gran Aleksey Romanov, el hombre que no temía a la muerte, temblando ante una mujer, sabiendo que no había clavo ni bala que pudiera arreglar el daño que le había hecho al corazón de la única persona que me hacía humano.
El teléfono en mi bolsillo vibró, un recordatorio metálico y frío de que el tiempo se nos había agotado. Pero no me moví.
—Te amo —confesé, y la palabra salió de mi garganta como un desgarro, cargada de una desesperación que nunca permití que nadie viera.
Vitto