El rugido de los motores del jet privado dominaba la pista, una vibración que sentía hasta en la médula de mis huesos. El olor a combustible y el viento frío de la madrugada nos recibieron como un bofetón de realidad mientras Adrik frenaba el coche bruscamente frente a la escalerilla. Bajo los focos halógenos, tres figuras recortaban la oscuridad: Artem, Lia y Akin. Sus rostros eran máscaras de cansancio, pero sus posturas, rígidas y alerta, gritaban que seguíamos en territorio hostil.
—Llegan