Enzo Caravelli
La escena del sueño cambió abruptamente. Las paredes cubiertas de sangre se derrumbaron, dando paso al gris apagado del cementerio municipal de Veredonia.
El velorio fue un borrón de abrigos negros, paraguas abiertos bajo una llovizna persistente y susurros de hombres de la mafia a quienes apenas conocía. Yo permanecía de pie frente a los dos ataúdes sellados, sintiendo un dolor tan denso, tan insoportablemente pesado, que un chico de mi edad simplemente no tenía palabras ni estr