Chiara Bellini
El eco de los pasos de Enzo todavía parecía vibrar afuera cuando el silencio finalmente regresó a mi despacho. Apoyé ambas manos sobre el borde del escritorio de nogal, sintiendo mis dedos helados contra la madera pulida. Mi respiración subía y bajaba en un ritmo tembloroso, incapaz de estabilizarse.
El aroma que había dejado atrás, aquel ámbar intenso entrelazado con notas amaderadas y el peligroso calor de su piel, todavía empañaba el oxígeno de la habitación.
Me sentía invadid