Elizabeth Romano
— ¡Al fin vuelves! —exclama mi abuelo con una sonrisa débil.
—Hola abuelo. ¿Cómo te has sentido? —pregunto, aunque solo vine porque mi tía me llamó para decirme que se ha sentido mal por su enfermedad del corazón.
—Bien. ¿Has visto a Ricardo? No lo vemos hace días —su voz se tiñe de preocupación.
—Estaba conmigo. Abue, ¿has sabido algo de Rodrigo? —intento cambiar el tema.
—Solo sé que sigue en New York. ¿Lo conoces? —su tono cambia, pero no puedo responder porque Ricardo se