Elizabeth estaba sentada en una cama sencilla, sus muñecas aún marcadas por las esposas que le habían quitado hacía poco. A través de la ventana apenas podía ver los campos abiertos, pero aquello no le transmitía paz; la sensación de encierro la aplastaba. Su corazón estaba roto al pensar que nunca volvería a ver a sus hijos ni a Rodrigo. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no podía dejarse vencer; tenía que encontrar una manera de escapar.
Desde la habitación contigua se escuchaban r