Rodrigo Montalban
Llegué furioso a la mansión Romano. No podía creer que mi madre hubiese sido capaz de denunciar a Elizabeth cuando ya le había aclarado que ella no era culpable.
—¿Por qué denunciaste a Elizabeth? —le reclamé, sintiendo la rabia arder en mis venas.
—Lo tenía que haber hecho hace mucho, esa mujer mató a mi hijo —contestó mi madre con una frialdad que me heló el alma.
—¿Cómo? —preguntó Don Osvaldo, llegando con Rosalba y Eva, quienes nos miraban con rostros preocupados.
—¿Rodri