Christhopher no podía controlar su furia. Su respiración era errática, y sus puños caían con fuerza una y otra vez sobre la enfermera, cuyos sollozos desesperados llenaban la habitación. La mujer intentaba cubrirse el rostro, pero sus manos temblaban tanto que apenas podía moverse.
—¡Habla! —gritó Christhopher, con los ojos encendidos por la rabia—. ¿Qué sabes de mi madre? ¡Dilo ya!
—¡No sé nada! ¡Por favor, ya basta! —imploró la enfermera, su voz quebrada por el llanto.
Santiago, apoyado contr