Mundo ficciónIniciar sesión— Hazlo, mátame, Elizabeth Romano, y acabemos con esto porque nunca te irás mi lado, nunca te dejaré ir —gruñe mi esposo mientras se viste con furia contenida. Odio que me volvió a tomar cuando se le dio la gana, su posesión sobre mí es como una cadena ardiente. — ¿Por qué, si no me quieres? Puedes tener a cualquiera —le suplico, mi voz quebrándose por la desesperación. — No te quiero, pero no se me da la gana —murmura contra mi cuello, dejando pequeños besos que me queman—. Este cuerpo y esta piel son míos. Fui el primero y seré el único. — Podrás tener mi cuerpo, pero nunca mi corazón —le espeto, mi voz llena de desafío. — Con tu cuerpo me conformo, Ellie —susurra con intensidad, apretándome contra él—. Eres mía, y solo matándome estarás con alguien más. Elizabeth Romano está profundamente enamorada de Rodrigo Montalban, pero su felicidad se ve truncada cuando es obligada a casarse con su hermano gemelo, Ricardo Montalban, un hombre perverso y siniestro. En la noche de bodas, un giro inesperado ocurre: Ricardo es asesinado y Rodrigo toma su lugar con Elizabeth. Movido por el deseo de venganza, Rodrigo planea hacer de la vida de Elizabeth un infierno. Sin embargo, mientras busca castigarla, una lucha interna surge en él, pues también desea hacerla suya. ¿Podrá el amor prevalecer sobre la venganza, o se destruirán mutuamente en el proceso?
Leer másÚltimo capítuloEl sol bañaba con su luz dorada el amplio jardín donde se celebraba la boda. Los arreglos florales llenaban el aire con una mezcla de aromas dulces, mientras los invitados ocupaban sus lugares. Todos estaban ahí, familiares y amigos, listos para ser testigos de un día lleno de amor, risas y esperanza. Después de todo lo vivido, este era el final feliz que todos merecían.Christopher y Santiago, de pie en el altar junto a sus novias, compartían miradas cómplices. Gala, con un vestido que resaltaba su belleza audaz, le lanzaba miradas pícaras a Santiago, mientras Luciana, serena y radiante, sostenía la mano de Christopher con una dulzura que parecía infinita.El oficiante pidió silencio, y Christopher tomó la mano de Luciana. Su voz tembló al principio, pero pronto se llenó de fuerza.—Luciana, toda mi vida fui de bronce, frío, cerrado, impenetrable… hasta que llegaste tú. Tú me diste la luz que ni siquiera sabía que buscaba. Tal vez siempre te amé, pero no lo entendí ha
Habían pasado varias semanas desde que la calma había vuelto a sus vidas. En ese tiempo, Christhopher y Luciana habían recibido el mayor regalo: sus dos pequeños hijos, dos varones que llenaban su hogar de felicidad. Ambos bebés tenían el cabello oscuro como el de sus padres, y sus ojos eran una mezcla peculiar entre azul y verde, un tono tan raro como hermoso. En este momento, la familia estaba reunida en una gran sala, con una atmósfera cálida y animada. Luciana sostenía a uno de los bebés, mientras Christhopher tenía al otro en brazos. Los padres primerizos no podían dejar de sonreír mientras los pequeños dormían plácidamente. —Son idénticos —comentó Mariana, acercándose para mirar de cerca a sus sobrinos—. Aunque creo que este será más travieso —dijo señalando al bebé que Chris cargaba, quien había fruncido ligeramente el ceño mientras dormía. —Por supuesto que no —respondió Chris, riendo suavemente—. Mis hijos serán perfectos en todo sentido, como su madre. Luciana lo miró co
Elizabeth no dejaba de soltar a Santiago, su hijo menor, quien estaba sentado junto a ella, sosteniéndose el brazo herido. Aunque el disparo no había causado un daño grave, verla limpiarle la herida con tanto cuidado reflejaba cuánto había sufrido al no poder protegerlo antes. A pocos pasos, Rodrigo abrazaba a Chris con fuerza, en un gesto cargado de orgullo y alivio. Habían superado el infierno juntos, y él sabía lo mucho que todo aquello había pesado en su hijo mayor. Elizabeth los observaba con una cálida sonrisa, sus ojos brillando con lágrimas contenidas. —Me encanta verlos juntos —dijo, su voz cargada de ternura mientras miraba a Chris y Rodrigo. Chris bajó la mirada, claramente emocionado pero también arrepentido. —Mamá, fui un idiota. Ya le pedí perdón a papá, pero ahora quiero disculparme contigo y con Santiago —dijo con voz baja, pero firme, dirigiendo una mirada de sinceridad a su hermano menor. Elizabeth le tomó el rostro con ambas manos, sus ojos reflejando puro
Elizabeth estaba sentada en una cama sencilla, sus muñecas aún marcadas por las esposas que le habían quitado hacía poco. A través de la ventana apenas podía ver los campos abiertos, pero aquello no le transmitía paz; la sensación de encierro la aplastaba. Su corazón estaba roto al pensar que nunca volvería a ver a sus hijos ni a Rodrigo. Las lágrimas corrían por sus mejillas, pero no podía dejarse vencer; tenía que encontrar una manera de escapar. Desde la habitación contigua se escuchaban risas y voces. La voz de Serkan, fuerte y dominante, sobresalía entre todas. Elizabeth apretó los puños al escucharlo hablar una vez más de su sobrina Luciana, con una obsesión que le revolvía el estómago. —Esa mujer será mía tarde o temprano —dijo Serkan con un tono macabro, como si lo que estaba diciendo fuera una simple verdad y no un acto atroz. Su risa era desquiciante—. Cuando la tenga frente a mí, sabrá lo que es estar con un hombre de verdad. Elizabeth cerró los ojos con fuerza, inten





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