Elizabeth Romano.
Rodrigo me despertó con suaves besos en el cuello y la mejilla. Sus caricias eran tiernas, reconfortantes, como si intentara disipar la pesadilla que aún me perseguía.
—Amor, ya está listo el desayuno. ¿Quieres que llame a tu madre? —me preguntó en un susurro, mientras acariciaba mi cabello.
—No, a mi mamá no —respondí rápidamente, casi en un suspiro ahogado.
El miedo se apoderó de mí al recordar cómo Raúl la manipuló tantas veces. Tenía terror de que él lograra convencerla de