La sala del tribunal estaba completamente llena.
Cada asiento ocupado. Periodistas con libretas. Cámaras en el fondo. Público que había llegado temprano para conseguir lugar. El murmullo de conversaciones deteniéndose cuando entré.
Y ahí, en la primera fila de la defensa, estaba Patricio Larraín.
Traje impecable. Expresión neutra. Como si no hubiera ordenado mi asesinato hace menos de una hora.
Nuestros ojos se encontraron. Él no apartó la mirada. Tampoco yo.
—Señorita Villalba —dijo el juez—.