Desperté con nudos en el estómago. Hoy era día de preparación. Mañana sería el enfrentamiento.
León ya estaba en el gimnasio del primer piso. Lo escuchaba desde mi habitación: golpes rítmicos contra el saco de boxeo. Cada impacto resonaba en las paredes. Fuerte. Constante. Como si pudiera golpear el futuro hasta someterlo.
Bajé en pants y encontré la puerta entreabierta. León sin camisa, vendas en las manos, sudor corriendo por su espalda. Cada golpe era preciso. Controlado. Furioso.
—¿No dormi